Había otras tendencias y figuras en el SPD. Una revuelta contra la actitud pseudo-revolucionaria del SPD fue protagonizada por Eduard Berstein alrededor de 1900. Dijo, esencialmente, que la revolución era improbable porque el capitalismo ya no estaba sometido a crisis periódicas; superflua porque los objetivos socialistas podía ser alcanzado de forma no violenta y en cualquier caso indeseable porque nociones como la “dictadura del proletariado” pertenecían a un estadio inferior de la civilización. Aunque estas visiones coincidían con las prácticas del SPD, el partido se encontró incómodo con el hecho de decirlo en público. “Querido Ede” -escribió un líder sindical- “uno no dice este tipo de cosas; uno solamente las hace”
Jon Elster, Introducción a Karl Marx (pag 13)
Descubrimos hace poco que somos neoprogresistas. Cuando se tienen ideas de izquierdas y se empieza a pensar de forma pragmática aparecen fuerzas misteriosas que casi magnéticamente te empujan hacia la derecha. Lo curioso es que esas fuerzas no vienen de la derecha, como podría esperarse, sino de la izquierda. Si se intenta razonar con un economista para defender valores de izquierda, es probable que se acabe siendo etiquetado de “neoliberal” en el mejor de los casos. Es como si el tipo de razonamiento empírico, racional y pragmático que debiera ser común a cualquier persona sensata fuera visto, tanto por la izquierda como por la derecha, como una ideología de derecha. Consecuentemente, eres invitado a abandonar tus preocupaciones de izquierdas como la justicia, la redistribución y la igualdad y pasar al otro lado de la barricada a defender principios conservadores.
El término neoprogresista es la -poco original- síntesis de los términos “neoconservador” y “progresista”. El movimiento neoconservador nació durante la guerra fría y estaba mayoritariamente integrado por antiguos izquierdistas -incluso extrotskistas- que habían descubierto el horror del comunismo y habían seguido el proceso de considerar que la única alternativa posible era ser de derechas. Era en este sentido una ideología de “reacción”. En tanto que realistas, los neoconservadores eran escépticos respecto a las reformas del new deal y la gran sociedad de Kennedy. No era tanto que se opusieran a los principios que las inspiraban, únicamente eran escépticos respecto a la posibilidad de alcanzar esos objetivos. En el medio plazo a base de jugar del mismo lado en el juego político que los viejos derechistas, los neoconservadores se convirtieron efectivamente en conservadores. Sus principios, sus valores, sus ideas y su filosofía eran conservadores, incluso reaccionarios.
No hay que minusvalorar la estrategia que siguieron los neoconservadores. Esa estrategia ha permitido que cosas tan ancladas en el pasado y anacrónicas como los valores de la familia o la religión hayan sobrevivido y han conseguido además ser una ideología influyente, al menos hasta la intervención en Iraq.
Los neoprogresista tenemos algo en común con los neoconservadores (de hecho, la simetría no es casual): también somos escépticos. Profunda y racionalmente escépticos. Sin embargo, a diferencia de los neoconservadores, continuamos siendo fieramente de izquierdas con valores progresistas y una cosmovisión de izquierdas. Somos tan ambiciosos como el más radical de los marxistas en nuestros objetivos respecto del status quo; no obstante, pensamos que los cambios no tienen por qué ser fáciles ni gratuitos ni inevitables y es por esa razón que somos escépticos.
Los neoprogs somos tan idealistas como es posible serlo con la ciencia en la mano y tan escépticos como la realidad nos exige. Creemos firmemente en la existencia de la Ley de la Gravitación Universal y que las conclusiones del mainstream de las ciencias sociales son básicamente acertadas. De hecho, nuestro escepticismo no tiene que ver con el marco del razonamiento: aceptamos y creemos en ese marco. ¿Qué significa entonces ser escépticos? En realidad, exactamente lo contrario.
Los principios más importantes de nuestro método de razonamiento son dos: la gente responde a incentivos y nada es gratis. Pensamos que transformar la sociedad en un lugar mejor tendrá costes y que ningún esquema regulatorio puede basarse -solamente- en el supuesto de que la gente se comporta de forma altruista. Tomando estas restricciones como datos (que no son de izquierdas ni de derechas), nuestro fin es alcanzar nuestros objetivos (de izquierdas) del modo más eficiente posible. Esto tiene varias consecuencias.
Somos en primer lugar escépticos respecto a los prejuicios de la izquierda tradicional. El modo en que los socialistas tradicionales razonan estaba construido sobre la base de la cosmovisión marxista basada en lucha de clases y el lugar central de los obreros. Impuestos altos, sindicalismo, sector público grande y la nacionalización eran de forma razonable los métodos de la vieja izquierda y el grado de ubicación a la izquierda se definía en función de esas variables. Sin embargo, en una sociedad mayoritariamente de clases medias, ni la lucha de clases ni el “obrerismo” parecen razonables ni adaptados. En tanto que socialdemócratas, los neoprogs aceptamos que el mercado es un método eficiente para crear y distribuir riqueza. En este sentido, no creemos que una economía de mercado eficaz sea compatible con el paradigma “abajo el empresario, abajo el capital” ni consideramos la distribución “capital-trabajo” como el principal problema de la sociedad. Por el contrario, pensamos que una izquierda moderna debería pensar en términos de consumidores, no en términos de trabajadores: asegurar que los consumidores tienen acceso a un precio justo a una cantidad justa de bienes de buena calidad de acuerdo con sus preferencias individuales.
Somos, también y tal vez sobre todo, escépticos respecto de las soluciones “realistas”. En las últimas dos décadas se ha desarrollado una ideología tiránica que pretende ser “realista”. La tiranía reside en el hecho de que al denominarse realista, cualquier intento por cuestionarla supone también negar los hechos o vivir en un mundo irreal. Según sus defensores, esa ideología está basada en conclusiones científicas y prescriben la privatización, la bajada de impuestos, la desregulación y el Estado mínimo como soluciones universales para cualquier problema imaginable. Los neoprogs somos también profundamente escépticos respecto a esta forma de “fundamentalismo de mercado”. Somos escépticos respecto al dogma de que el Estado de Bienestar es una fuente de miseria o que las bajadas de impuestos y la desregulación son uniformemente buenas. Denunciamos la etiqueta autoatribuida de “realismo” de estas tendencias y pensamos, con la corriente dominante en economía, que los problemas de información asimétrica, de poder de negociación desigual, de externalidades y de bienes públicos son problemas reales que no pueden ser resueltos con el “efecto mágico del mercado” solamente. Estos fenómenos no son tampoco, como se ha querido hacer creer, minoritarios ni se reducen a un par de sectores -como la defensa nacional y la policía- sino que son ubicuos en la vida económica y su presencia justifica un rol potencial para el Estado. La protección del medioambiente, el cambio climático, la marginación y discriminación de minorías, las políticas de mantenimiento de la competencia y la redistribución de la riqueza son todos problemas donde la fuente no es la presencia del Estado sino, al contrario, su ausencia.
Por otro lado, somos igualmente escépticos respecto al concepto con creciente aceptación del “Estado de Bienestar sólo para ricos” promovido tanto por la izquierda tradicional como por la derecha conservadora. Algunos ejemplos son las políticas proteccionistas, la oposición a la globalización, o los subsidios a determinadas industrias -como la agricultura- que no sólo carecen de cualquier tipo de justificación desde el punto de vista de la equidad o de la eficiencia, sino que además son extremadamente dañinas para los países en vías de desarrollo. El Estado de Bienestar debería estar orientado a la protección de los individuos, no de las empresas ni de los puestos de trabajo.
Suele ser algo aceptado que la “socialdemocracia está en crisis”. Un vistazo a la Historia sin embargo nos indica que ésta es una visión que ha acompañado a los movimientos socialistas desde su nacimiento.
Somos conscientes de que el lector estará tentado a concluir que los neoprogs tenemos una ideología de “centro-izquierda” (a lo sumo). Estamos decididamente en contra de esta visión. Ser una ideología de “centro izquierda” supondría que nos hemos movido hacia la derecha, dado que el centro izquierda está a la derecha de la izquierda. Esto es, habríamos renunciado (¿traicionado?) algunos de nuestros ideales de izquierdas aceptando cosas tan obscenas como el mercado, el individualismo o la propiedad privada. Sin embargo, si hay alguna forma de ubicarnos en el especto político, los neoprogs somos una ideología de extrema izquierda; estamos a la izquierda de los marxistas, anarquistas, y cualquier otra ideología de extrema izquierda. Nuestras ambiciones son tan revolucionarias como las de la izquierda más extrema, pero pensamos que éstas deben ser alcanzadas a través de un camino viable. Esto es: nuestros métodos son modernos, nuestros objetivos son radicales.
Nuestros valores son los mismos que los de la vieja izquierda: creemos en una sociedad basada en la autonomía individual, en la igualdad, en la meritocracia real (y justa), en el compromiso y en la redistribución de la renta. Estamos profundamente en contra de todas las formas de herencia y de privilegios transmitidos de padres a hijos. Estamos en contra de todas las formas de fanatismo; creemos en el conocimiento como el instrumento fundamental de la emancipación y nos oponemos a las visiones nihilistas u oscurantistas que lo cuestionan. Somos universalistas (Derechos Humanos para todos) e internacionalistas. Creemos que lo que mantiene unida a una sociedad son los principios, los valores y no la cultura, la familia, la tradición o cualquier otra forma reaccionaria de comunitarismo. La diferencia es que donde la izquierda antigua tendía a aumentar los impuestos y nacionalizar las empresas, nosotros creemos en una política de competencia draconiana y una política que asegure a los individuos -no a los trabajadores ni a los empresarios- contra los riesgos de toda clase.
No creemos en los valores que son propios de la derecha. No defendemos ni el patriotismo ni la familia. Por el contrario, pretendemos sustituir al nacional por el ciudadano como unidad básica. No creemos tampoco en la versión egoísta -e injusta- del individualismo: los individuos tienen derechos y existen amenazas para esos derechos que no provienen del Estado.
Rechazamos por tanto la visión que tiende a definir la intensidad del izquierdismo solamente en función del tamaño del Estado y la confianza en la intervención del sector público. La cuestión de efectividad de esta intervención es un problema fundamentalmente empírico, no ideológico, y pretender lo contrario equivale a permitir que la derecha se apropie injustificadamente del monopolio de lo que es posible: implica traicionar el viejo mandato socialdemócrata de anteponer la realidad a los prejuicios y el wishful thinking. La ideología interviene cuando decidimos nuestros objetivos. Aquí, la división está clara: a un lado están los defensores de la tolerancia, de la emancipación individual, de la oposición a la herencia, de la igualdad, la justicia, del raciocinio y del escepticismo racional, al otro los defensores del fanatismo, la herencia, la irracionalidad, la tradición, y la reacción.
Tened cuidado: estamos intelectualmente armados y somos peligrosos. Tras los Neocons, vienen los Neoprogs.
Publicado originalmente en Aux armes citoyens!!!. Traducido, ampliado y adaptado por Citoyen.