NeoProgs » Cátedra Pítica » El Neopositivismo es un Humanismo

El Neopositivismo es un Humanismo

Por Jesús Zamora Bonilla el 22 de Octubre de 2007 |

3. Positivismo reflexivo.

En esta última sección expondré, bien que con poco detalle, las principales razones por las cuales el positivismo supera las críticas indicadas, aunque, más que negando la validez de dichas críticas, lo haré mostrando que los elementos razonables que ellas contienen son en realidad consecuencias de los propios planteamientos positivistas, lo cual hace del nuestro un “positivismo reflexivo”. Esto nos obliga a asumir que, ya que la ciencia es el método más eficaz de búsqueda de conocimientos, deben tenerse en cuenta los propios resultados de la ciencia para entender cómo y en qué medida ella misma funciona (tal es la posición que se conoce como “naturalismo científico”), y también a aceptar que, aunque la ciencia sea más eficaz -desde el punto de vista cognitivo- que cualquier otro método, no se sigue de ahí que vaya a ser muy eficaz en todos los terrenos (lo cual distingue nuestra postura del “cientificismo”).

Pues bien, con respecto a la primera crítica indicada (la no neutralidad de los datos empíricos), las investigaciones sobre nuestras capacidades cognitivas parecen dejar claro que, en general, la percepción funciona de manera eficacísima dentro de sus límites naturales, de manera que hay al menos ciertos tipos de datos sobre los que cualesquiera seres humanos con capacidades sensoriales normales estarán de acuerdo necesariamente 2. Los desacuerdos sobre la interpretación de los datos no se refieren, pues, a que distintos científicos perciban las cosas de manera distinta, sino a que utilizan hipótesis diferentes mediante las que interpretar esos datos. Lo que el positivismo demanda es, simplemente, que estas hipótesis sean ellas mismas sometidas a contrastación empírica. Esta demanda no siempre se consigue satisfacer, pero la existencia de innumerables procedimientos experimentales estandarizados da fe de que muchas veces sí consigue cumplirse. La tesis “reflexiva” del positivismo respecto a esta cuestión será, por tanto, que cuando varias teorías entran en conflicto, es recomendable buscar un territorio empírico neutral; la base empírica dada por nuestras capacidades sensoriales es sólo el límite al que se puede llegar en esa búsqueda, aunque en muchas controversias científicas será posible encontrar un terreno neutral mucho antes de alcanzar dicho límite, y, en cambio, en otras muchas no se conseguirá determinar suficientemente qué interpretación de los datos empíricos es la más correcta.

La segunda crítica tiene una respuesta parecida: la formalización de las teorías no es una conditio sine qua non para garantizar la objetividad de la ciencia, sino un ideal que que conviene perseguir cuando existe alguna controversia teórica. La misma lógica contemporánea muestra que existen límites para la potencia demostrativa de cualquier sistema axiomático con el que pueda formalizarse al menos la aritmética elemental (este es el conocido teorema de Gödel), pero esos límites dejan también un amplísimo margen para la producción de argumentos objetivamente válidos. Por otro lado, el que los conceptos y las hipótesis tengan significados flexibles sólo demuestra que pueden ser modelados con cierta libertad (no son tanto de piedra como de arcilla), de manera que los científicos tienen siempre la opción de darles una forma más precisa en vez de una más difusa: cuanto más claramente esté delimitado lo que pretendemos afirmar con un concepto o una teoría, tanto más fácil será su crítica intersubjetiva. La axiomatización lógica de las teorías es, de nuevo, el límite de ese proceso de clarificación y discusión objetiva (y el continuo desarrollo de nuevas técnicas lógico-matemáticas, incluida la informática, permite cada vez más posibilidades en este sentido), pero para llegar a un acuerdo intersubjetivo, a menudo será suficiente con una formalización menos exigente, y a veces incluso sin ninguna formalización, sino empleando tan solo principios claramente definidos en el lenguaje cotidiano; y también como en el caso anterior, a veces ni siquiera una formalización estricta permitirá determinar una sola respuesta correcta.

Con respecto a la tercera crítica (la falta de atención del positivismo a los aspectos sociales de la investigación científica), hemos de recordar que, tal como hemos visto, la cuestión fundamental para el positivismo sería precisamente la de cómo debe organizarse socialmente la investigación para garantizar que sus resultados tuvieran la máxima credibilidad posible. Los viejos positivistas parecían defender, ingenuamente, que para ello bastaba con ordenar la práctica científica según unas reglas metodológicas bien fundadas, y que la propia honestidad de los científicos garantizaría que estas reglas iban a ser cumplidas. La cosa, empero, no está tan clara, pero esto sólo significa que es necesario estudiar con rigor las estructuras sociales de la ciencia; si dicho estudio llega a la conclusión de que estas estructuras son bastante eficaces en la producción de conocimientos objetivos, la tercera crítica carecerá de fundamento, y si no es así, el desafío para el positivismo será más bien el de utilizar las mejores herramientas científicas disponibles (por ejemplo, la disciplina económica conocida como “diseño de mecanismos”), junto con una buena dosis de sentido común, para proponer una reforma de aquellas instituciones científicas cuyo funcionamiento sea cognitivamente ineficaz 3. En este sentido, la respuesta es similar a la de las dos críticas anteriores: los propios resultados de la ciencia (entonces en ciencias cognitivas, lógica y matemáticas, ahora en sociología y economía) pueden servir para encontrar las bases más sólidas a nuestro alcance desde las que llevar a cabo una discusión objetiva de las teorías, aunque esa base no pueda ser nunca totalmente sólida. No otra cosa era, al fin y al cabo, lo que mantenían algunos neopositivistas, sobre todo Otto Neurath 4.

La cuarta crítica es seguramente la más popular, especialmente fuera del ámbito de la filosofía académica. En definitiva, la crítica consiste en la postura del perplejo ciudadano que no acierta a ver con claridad en qué se beneficia él de tan cuantiosas inversiones en investigación científica y tecnológica, y que sospecha razonablemente que, aunque el conocimiento otorgue poder, es más probable que él se halle entre las víctimas de ese poder que entre los beneficiarios. La respuesta a esta crítica debe partir del hecho indudable de que el conocimiento proporciona poder, pero esto puede hacerlo por dos razones diferentes: en primer lugar, quien conoce realmente mejor la manera como las cosas van a ocurrir, puede aprovechar ese conocimiento para dominarlas y dominar con ello a otras personas; en segundo lugar, quien consigue convencer a los demás de que posee mejores conocimientos, aunque no los posea de hecho, puede obtener también un cierto control sobre los convencidos (aunque no sobre las cosas que afirma conocer). Muchas formas de poder existentes a lo largo de la historia han sido de este segundo tipo: por ejemplo, la gente obedecía a la Iglesia porque aceptaban que ella tenía las llaves de la condenación y de la salvación. Pero la ciencia otorga poder fundamentalmente por la primera razón: algunos laboratorios farmacéuticos ganan fortunas porque muchas de sus medicinas curan efectivamente, y algunas empresas de comunicaciones consiguen un cierto control sobre la opinión pública porque los satélites artificiales transmiten sus programas efectivamente. En realidad, si la acumulación de poder técnico en algunas manos no les ha conferido automáticamente un poder político ilimitado, es porque otras manos, con intereses diferentes, también han conseguido incrementar su poder técnico, y no está siempre claro quién ha logrado más.

Así pues, aquellos que se plantean la importantísima cuestión de por qué la ciencia beneficia más a unos que otros, no deberían negar la legitimidad de esta otra pregunta: la de por qué la ciencia proporciona un poder tecnológico tan impresionante. La respuesta del positivismo la hemos visto ya: la ciencia lo consigue extendiendo la práctica del método experimental y del razonamiento lógico más allá de los ámbitos tradicionales de estos métodos. A la primera cuestión puede intentar dársele también una respuesta “científica”, de nuevo a través de la investigación social y económica, pero lo más interesante será sin duda la respuesta “política”: cómo hacer para que la ciencia beneficie lo máximo posible al mayor número posible de personas. Pienso que sólo algunos místicos creerán sinceramente que la situación de los pobres del mundo mejoraría si la investigación científica y sus métodos fueran abandonados del todo. En cambio, pienso que si los ciudadanos de los países ricos nos empeñásemos en que nuestros gobiernos y nuestras empresas cambiaran el rumbo de sus respectivas políticas (por ejemplo, exigiéndoles que nos cobren unos altos impuestos para financiar investigaciones sanitarias útiles para los países pobres, o negándonos a comprar los productos de las empresas que explotan a los ciudadanos de esos países), podríamos obtener resultados políticos mucho mejores precisamente gracias a la ciencia.

Por otro lado, el hecho de que muchas decisiones políticamente relevantes se dejen de mano de “expertos científicos” puede conducir a problemas que cualquier positivista sensato admitirá. Por ejemplo, quienes emplean a esos “expertos” para persuadir al gobierno o a la opinión pública (sean las empresas tabaqueras, o las organizaciones ecologistas), necesitan que los científicos sean habitualmente creíbles, pues si no, ¿para qué contratarlos, si nadie les va a creer? De nuevo llegamos al problema de cómo organizar la investigación para que sus resultados tengan la máxima credibilidad posible. Lo que se critica a estos “expertos” es, en general, que enfocan de manera sesgada los problemas y que proponen soluciones tendenciosas. La respuesta obvia de un positivista es que, en tales casos, los científicos no habrán seguido un método cognitivamente eficaz, pues deberían haber tenido en cuenta los datos y las ideas que pueden proporcionar las otras partes en conflicto. Al fin y al cabo, ¿no se está presuponiendo que es preferible ser objetivo e imparcial, cuando se critica a los “expertos” por no serlo en grado suficientemente y cuando se asegura que los problemas deberían resolverse intentando manejar, entre otras cosas, los mejores conocimientos posibles? Un cauto positivista añadiría, además, que en muchas ocasiones los “expertos” lo son en cuestiones de las que, en realidad, no se posee casi ningún conocimiento verdaderamente objetivo, sino simples opiniones y visiones interesadas, adornadas con una retórica más o menos cientificista; esto ocurre para la mayoría de los llamados “problemas sociales”, como -pongamos- el urbanismo, la educación, la política fiscal y otros tipos de delincuencia, pero también para muchísimas aplicaciones prácticas de la tecnología y de las ciencias naturales. En estos casos, el positivismo no debería utilizarse para dar cobertura retórica a los argumentos de unos y otros, sino más bien para denunciar el carácter casi exclusivamente ideológico de tales debates, y para mostrar con claridad lo poquísimo que realmente sabemos precisamente sobre los temas que más nos interesan.

Finalmente, es la quinta crítica la que más ha contribuido a que la popularidad del positivismo sea tan exigua, pues lo muestra como una concepción radicalmente antihumanista. Como queda claro por nuestro título, creo que debemos oponernos radicalmente a tan desatinada conclusión. El positivismo afirma que las experiencias y los razonamientos intersubjetivos son las únicas guías que poseemos para garantizar la validez epistémica de nuestras opiniones (y esto sólo en los casos en los que tales métodos consiguen funcionar de manera mínimamente satisfactoria), pero no niega en modo alguno que otros aspectos y valores de la vida humana sean tan importantes como ese tipo de validez. Más bien al contrario: la razón fundamental por la que deseamos tener creencias objetivamente verdaderas (sobre todo respecto a la predicción de los acontecimientos que puedan afectarnos en el futuro) es, obviamente, porque valoramos ciertas cosas y porque el conocimiento objetivo es un medio eficaz para conseguir muchas de ellas. Un mundo de seres fríos, robotizados, que sólo poseyeran la capacidad de observar, calcular y predecir, pero no las de amar, odiar, imaginar, desear, temer o entusiasmarse, no sería un mundo en el que a nadie le interesase hacer observaciones, predicciones o cálculos: el positivismo sólo muestra su profundo sentido dentro un universo infestado de valores “no científicos”.

Es obvio que acerca de todos estos valores también podemos razonar, imaginar, discutir y negociar: casi no hacemos otra cosa a lo largo de nuestra vida. Pero el mensaje del positivismo es que, por muy importantes que sean para nosotros las actitudes y opiniones que resultan de este comercio cotidiano con los demás (¡y lo son!), y por muy enraizados que estén ciertos valores y creencias en lo más hondo de nuestro ser, nada garantiza que podamos tomar todo ello como verdades objetivas, como efectivamente pueden serlo la tabla de multiplicar, las leyes de Mendel, las ecuaciones del campo electromagnético, o la tabla periódica de los elementos. De hecho, sólo hemos conseguido obtener conocimientos razonablemente válidos sobre ciertos temas cuando hemos renunciado a que nuestras opiniones sobre ellos dependan de su coherencia con nuestro hirviente imaginario místico-social y hemos aceptado, en cambio, el tribunal de la razón y la experiencia como instancia suprema.

Las historias en las que predomina de un modo u otro este hervidero de creencias y valores son, por supuesto, las que más siguen interesándonos, pero esto no debe llevarnos a la conclusión de que tales historias (o “relatos”, o “mitos”, como algunos filósofos prefieren llamarlos) sean algo más que eso. Los viejos positivistas soñaron con que, si bien no eliminar tales historias, tal vez sí que podríamos sustituirlas o refinarlas mediante ideas propiamente científicas (como la sociología y la “religión de la humanidad”, en el caso de Comte, o la psicología y la sociología “fisicalistas” del Círculo de Viena). Tras varias décadas de intentos más o menos vanos en este sentido, me parece en cambio más razonable la conclusión de que todos aquellos aspectos de la realidad de los que esas historias forman parte constitutiva (es decir, las estructuras e ideologías sociales, las creencias éticas y religiosas, la economía, las artes, etcétera) están demasiado entretejidos con ellas como para que podamos alcanzar un conocimiento “científico” sobre esos temas como el que poseemos en la electrónica, la química o la biología.

De todas formas, en vez de “eliminar la metafísica” y de sustituir las Geisteswissenschaften por puritanos estudios que imiten el método de las ciencias experimentales, lo que sugiere nuestro positivismo reflexivo es que sigamos disfrutando con la creación y discusión de teorías especulativas sobre estos temas sociales, éticos y culturales, a sabiendas de que, en la inmensa mayoría de los casos, dichas teorías deberemos tomarlas como puras obras de arte. Eso sí, como en el resto de las artes, es lógico esperar que en las “ciencias humanas” las obras maestras sean relativamente escasas, pero incluso las piezas más extraordinarias deberán indicar en su etiqueta que, aunque uno disfrute leyéndolas y perciba las cosas con otro colorido tras hacerlo, hay poca cosa en ellas que sugiera razonablemente que lo que dicen sea verdad, al menos cuando pretenden ir un paso más lejos que el sentido común. El auténtico valor de estas obras es, más bien, su irreductible disparidad y subjetividad, su irremediable no llegar a ninguna parte después de miles de argumentos. Esto hace de ellas la imagen misma de nuestra propia vida, de esta vida que la actitud positivista ha enriquecido de otra manera al ayudarnos a alcanzar, en no desdeñable medida, conocimientos plenamente objetivos sobre otros temas menos transcendentes.


Notas

1 Mayores detalles sobre las cuestiones de filosofía de la ciencia que aquí se plantean muy sucintamente, se pueden encontrar en los libros de Javier Echeverría, Introducción a la metodología de la ciencia (Madrid, Cátedra, 1999), y de José Díez y Ulises Moulines, Fundamentos de filosofía de la ciencia (Barcelona, Ariel, 1997).

2 Este punto es convincentemente defendido por Anna Estany en su reciente artículo “The Thesis of Theory-Laden Observation in the Light of Cognitive Psychology”, Philosophy of Science, 68 (junio 2001).

3 Algunos pasos preliminares en esta dirección los he intentado dar en mi artículo “Scientific Inference and the Pursuit of Fame: A Contractarian Approach”, Philosophy of Science, 69 (junio 2002).

4 El libro de Nancy Cartwright, Jordi Cat, Lola Fleck y Thomas Uebel, Otto Neurath: Philosophy between Science and Politics, (Cambridge, Cambridge University Press, 1996), ilustra las ideas nada simplistas que defendía este autor, y la actualidad de muchos debates internos del Círculo de Viena.


Jesús P. Zamora Bonilla es profesor de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la UNED. Publicado originalmente en A Bordo del Otto Neurath.


Páginas 1 2 3 4