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El médico y el economista

Por Citoyen el 23 de Octubre de 2008 |

Esta bitácora se llama La ley de la gravedad. La razón para ello es un artículo de egócrata, fantástico, que se llamaba “política y ley de la gravedad”. Egocrata y yo creemos ambos que en ciencias sociales existe algo que podemos llamar ley de la gravedad: la gente responde a incentivos. La analogía es, en buena medida, un slogan; lo que estamos sugiriendo es que cuando hablamos de políticas públicas, debemos hacer un análisis de si el grupo de personas implicada tiene incentivos para hacer lo que se supone que deben hacer o no. Si una política pública asume que un grupo importante de gente tiene que actuar de forma heroica es probable que no lo haga a menos que se trate de héroes. Egócrata y yo defendemos que una vez llevado a cabo este análisis, si es hecho correctamente, será en general posible decir si la política pública está bien o mal hecha. Además, ambos pensamos que una vez que evaluamos el esquema, uno tiene que tener en cuenta que está operando con recursos limitados y no en el mundo feliz donde todo es gratis.

Además, lo llamamos ley de la gravedad porque ambas cuestiones (la gente responde a incentivos y nada es gratis) son inevitables. Son nuestras restricciones cuando hacemos políticas. Construir cohetes a la luna supone gastar dinero en combustible y pagar pensiones supone cobrar contribuciones a la seguridad social. Además, ambos defendemos que el mainstream en economía sabe más sobre cómo hacer este tipo de cosas que el resto de la gente y que los discursos gaseosos basados en retórica y no en argumentos que lo critican no deben ser tomados en serio.

A esto, ha habido quien se ha tomado esta visión como una visión mecanicista de la sociedad; la creencia en que todo se rige por leyes inmutables, etc… (e.g. I, II) El debate es en última instancia metodológico y tengo previsto hablar de metodología un día de estos. Pero adelantaré una cosa; yo no creo que en economía, ni en ninguna ciencia social exista algo remotamente parecido a la mecánica newtoniana o la tectónica de placas que permite hacer predicciones igual de acertadas. Tampoco creo que los economistas debamos imitar a los físicos porque trabajamos con otra material, no con partículos. Sí creo sin embargo que todos debemos respetar unos estándares científicos como que las teorías deben ser contrastables, describir la realidad y, sobre todo, ser precisas, coherentes y suficientemente lógicas. Y por esto, también creo que no hay sólo opiniones, también hay cosas que son ciertas y otras que no lo son: la economía es conocimiento objetivo.

Me gustaría aclarar el problema con otra analogía, aunque no estoy seguro de estar metiéndome en otro cenagal. Entiendo que mi artículo anterior era, en el fondo, un pelín autoritario sobre el tema en la medida en que me dedicaba a llamar a filas a la gente sin dar una visión suficientemente argumentada. Para eso, me voy a permitir una metáfora.

Xavier Sala i Martín comparaba su trabajo como economista con el de un médico. Él decía que la gente le pedía consejo sobre cómo hacerse rico y él en general no era capaz de dar ese consejo. La analogía con la medicina no es en absoluto estúpida. Ambas profesiones-los economistas y los médicos- tenemos un conocimiento relativamente bueno de por qué ocurren las cosas. Pero ambos tenemos un problema: a la hora de hacer diagnósticos, tenemos que interpretar un conjunto de síntomas que son sólo variables imperfectas de lo que está realmente ocurriendo.

El papel de ambas profesiones converge también en que nos dedicamos a prescribir remedios. Remedios, es decir, soluciones y ambos lo hacemos sin tener totalmente claro lo que está pasando. El médico observa que el paciente tose igual que el economista observa los datos de la inflación y a continuación dice lo que piensa que está ocurriendo. En general, tengo entendido que un médico experimentado no acierta más de un 70% de sus diagnóstico(es lo que me contaron mis colegas de medicina). Además, prescribimos remedios un poco a ciegas. Los economistas sabemos que cuando la cosa se estanca, uno baja los tipos de interés y aumenta el gasto igual que los médicos apuestan por el paracetamol; pero no sabemos muy bien lo que está ocurriendo. Tenemos en común también que una vez muerto, la autopsia nos revela lo que realmente había ocurrido con cierta fiabilidad.

Por supuesto, los economistas, igual que los médicos, tenemos conflictos en cuanto a nuestras formas de curación y nuestros diagnósticos. Todos conocemos aquéllo de la “segunda opinión en medicina” con el añadido de que en economía no tenemos una, sino normalmente cientos de opiniones a la vez. Además, los médicos también varían en sus métodos. Cuando yo era niño tenía un problema de espalda y el traumatologo y el médico rehabilitador se peleaban sobre si el problema se solucionaba con gimnasia o con un Corsé. También tenemos visiones distintas a la hora de evaluar el riesgo, de atribuir valores a las variables, etc…

Otro aspecto que tenemos en común con los médicos es que el paciente, a menudo, se resiste al tratamiento. El médico dice al paciente “deje de fumar” o “haga deporta” y el economista dice que el déficit público, corregido por el ciclo debe ser nulo. Cuando el paciente se resiste a veces no pasa nada; Santiago Carrillo es muy mayor y ha fumado toda su vida; pero otras veces sí. La convergencia es también en la misión que tienen ambas profesiones; en ambos casos, se trata de profesionales con conocimientos específicos que suministran interpretaciones de la realidad a gente que está menos informada. Por supuesto, esas opiniones pueden entrar en colisión con los prejuicios de la gente; cuando el médico dice que deje de fumar, el paciente puede decir que su padre fumó toda su vida murió muy viejo. Incluso hay gente que se resiste a ir al médico para evitar un diagnóstico malo.

Un caso agudo es el de los pacientes tozudos. Esos son los que buscan una segunda opinión, y después de la segunda, una tercera y así hasta una octava. Cuando se han hartado se recibir diagnósticos similares este tipo de paciente recurren a la competencia. La competencia de la profesión médica suelen ir desde los remedios de la abuela hasta los curanderos, encantadores de serpientes, adivinos… Éstos últimos, en ocasiones-realmente raras- aciertan-o eso parece- porque al final el paciente se cura y entonces el paciente lo toma como una evidencia de que la “ir al médico no sirve de nada”. Todos conocemos a gente con esta actitud.

Un problema grave es la gente que no tiene la suerte de terminar curándose cuando va al curandero. En general, los curanderos aplican remedios o inocuos- tomate una infusión- o extremadamente duros y arcaicos-cataplasmas y el tratamiento de las sanguijuelas. Y muy a menudo, el tema funciona relativamente mal. Algo semejante ocurre con la economía;un grupo de economistas heterodoxos convencieron a Ronald Reagan de que bajar los impuestos aumentaría la recaudación. Ronald Reagan lo creyó y el déficit subió como había predecido el resto de la gente sensata. Mitterrand creyó que, como le sugerían sus ministros comunistas, se podía imprimir dinero indefinidamente y nacionalizar las principales compañías del país sin que eso causara ningún problema grave. Unos meses más tarde descubrió que, oh milagro, el franco se depreciaba y la economía se estancaba. Con los hidrocarburos ocurre parecido.

Además- y esto debo reconocerlo- es cierto que ambas disciplinas padecen cierto autismo con algunas cosas. Las revoluciones en medicina existen; a veces, hay médicos que empiezan a experimentar con métodos caracterizados de heréticos y resulta que aciertan y descubren algo nuevo. En economía ocurre algo parecido; Akerlof descubrió que con información imperfecta los mercados no funcionaban bien, Stiglitz y Grossman formalizaron y establecieron los límites de la idea del rol informativo de los precios promovida por Hayek, y Kanheman y Tveerski descubrieron que las decisiones no suelen ser racionales.

En común tienen también ambas profesiones que a veces ambas se equivocan. Los economistas no saben predecir crísis, ni tampoco el futuro. Los médicos suelen equivocarse cuando hay lo que se llama un “caso díficil”; una enfermedad extraña o para la que no se tiene cura. Y en en ambos casos, la gente pueden terminar muriendo.

Una diferencia clave, no obstante, es el status social de ambas disciplinas. Nadie (digamos casi nadie) duda de que la medicina sea una ciencia y nadie en general propone que en la facultad se dé medicina alternativa, voodoo o clase de remedios de la abuela. Cuando hablamos de política sanitaria, en general, nadie argumenta que el mal funcionamiento del sistema sanitario se deba a un problema de método. La gente acepta que cuando se contrae el VIH o un cancer, el caso es difícil y no hay cura para ello salvo que uno tenga mucha suerte. Hay gente, claro, que recurre al voodoo o a los curanderos en un acto de desesperación. En general, es cierto que la gente reza cuando está enferma, pero nadie deja de ir a ver un buen médico. Además, tenemos instituciones, como el colegio de médicos, que regulan la práctica médica.

Con los economistas no ocurre nada parecido. La mayoría de la gente argumenta que se trata de una “protociencia”, o incluso “pseudociencia”. Incluso hay gente que argumenta que debería darse libertad para funcionar y que hay una pluralidad de métodos para hacer las cosas-del mismo modo que podríamos argumentar que las cataplasmas funcionan mejor que las gotas para los ojos. Una razón es probablemente que la regularidad de los fenómenos económicos es algo menor que la de las patologías sanitarias; los resfriados son todos parecidos, mientras que las crísis energéticas son bastante distintas. Pero no hay que dejarse engañar; los economistas hacemos predicciones relativamente acertadas de fenómenos relativamente sencillos; sabemos que si se produce más moneda los precios suben, que si se produce más de un bien, los precios bajan, que cuando un país tiene recursos naturales eso reduce sus posibilidades de convertirse en una democracia. Pero en mi opinión, la diferencia más importante es que en ciencias sociales hay mucha más gente opinando sobre el mismo fenómeno. Cuando hay un caso difícil, hay más gente diciendo cuál es su opinión. Eso hace que los conflictos de opiniones sean más visibles.

Egocrata y yo argumentamos que la izquierda, para estar sana, debe hacer ejercicio, comer sano y tener en cuenta que las malas prácticas terminan saliendo mal. En definitiva, seguir los consejos del médico. Entendiendo que si esto se desobedece de forma sistemática, al final las cosas terminarán saliendo mal. Eso no garantizará que todo vaya bien; ni egócrata ni yo predijimos la crisis actual, ni ninguno de los dos sabemos cómo curar enfermedades como las desigualdades sociales, la pobreza infantil o las guerras en general. Tenemos alguna idea de como aliviar ese tipo de fenómenos, peor nada más.

A izquierda y derecha hay gente que sí argumenta tener remedios para esas “enfermedades”. Normalmente, suele tratarse del equivalente médico al electro-shock (en el FMI hubo un grupo de gente que tenía esa teoría durante bastante tiempo) o la sangría con sanguijuelas. Otros abogan por remedios como el equivalente a la castración -como “abolir el sistema financiero”-, defendiendo que, una vez que hayamos eliminado la fuente del dolor, el dolor desaparecerá.

Egocrata tal vez no, pero yo sí pienso que debe haber una regulación de la profesión; es decir, no “compro” el anarquismo metodológico al que se adhiere por ejemplo, Alberto Garzón. Creo que debe haber instituciones para diferencias a los profesionales de los charlatanes y especialmente de los charlatanes profesionales. Pienso que se debe explicar a la gente la diferencia entre la economía ortodoxa y la economía heterodoxa en los mismos términos en que diferenciamos entre el curanderismo y la medicina seria.


Publicado originalmente en La ley de la gravedad.